LAS MARTAS SE IMPONEN EN LA CIUDAD
Laura Valentina Tamayo Alzate
“El Gaula capturó en Florencia a Martha Lucía Giraldo, conocida como 'La Paisa', por su presunta responsabilidad en trata de menores”, fue el anuncio que se conoció el 8 de septiembre de 2008 en El Espectador y en otros medios de comunicación del país.
Mientras tanto en Manizales Marta Lucía Giraldo Arias se preparaba para ir a su trabajo, donde se desempeña como docente de primaria del Liceo Integrado de Maltería, hace 28 años.
Al conocer esta mujer parece que su vida es tan normal como la de cualquier otra. Sin embargo, ella y otras 22 mujeres de la ciudad de Manizales tienen algo en común, que al escucharlo se piensa que se está hablando de la misma persona, pues todas ellas se llaman igual: Marta Lucía Giraldo. Según Rogelio Cortés, quién realizó la publicación del directorio telefónico de este año, es ese el nombre más repetido del libro. Cada una de estas mujeres tiene su historia, ya que a pesar de tener el mismo nombre con apellido y todo, sus vidas y sus pensamientos están ligados a caminos muy distintos, aunque no en todos los casos.
Similitudes exactas
Giraldo Arias nació hace 45 años en Aguadas, Caldas y se formó en la Normal de ese municipio para ser docente de primaria. Lo más paradójico de todo es que en el barrio Altos de Capri de la ciudad, vive Marta Lucía Giraldo Henao, también proveniente de Aguadas y formada en la Normal de allí, igualmente preparada para ser profesora de primaria, en donde actualmente labora en el Instituto Tecnológico.
Al parecer estas dos mujeres tienen vidas muy similares, sin embargo, no se conocen, ni saben las coincidencias de sus existencias. La primera es separada y tiene dos hijos, uno de 17 años y el otro profesional en Ingeniería Informática, de 22 años, “mi vida es muy normal, lo único que realmente sí me marcó fue cuando mi esposo me dejó para irse a vivir con otra mujer”. La segunda, es casada hace seis años, pero no tiene hijos “es raro porque trabajo con niños, pero la verdad no quiero tener hijos, no me gusta”. Ambas mujeres se sienten felices por trabajar con niños y esperan seguir en esta labor que para ellas es “maravillosa”. Además, agradecen a la vida porque cada una tiene su vivienda propia y un trabajo estable con el cual esperan conseguir la pensión.
Cerca de la casa de la Giraldo Arias, en Villa Pilar, vive otra Marta Lucía más, pero con Giraldo y ya. Esta mujer, que no tuvo papá, tiene la misma edad de su vecina. Al igual que las 22 Martas, tampoco tiene conocimiento de que hay tantos homónimos en la ciudad. Ella vive con su hermana y al igual que la Giraldo Henao, tampoco tiene ni quiere tener hijos. Al enterarse de las otras mujeres con su mismo nombre y apellido comentó la razón de la similitud. “casi todas nacimos por la misma época y mi tía, la que me puso el nombre, me cuenta que en ese entonces ese nombre estaba de moda”.
Vidas paralelas
Al contrario de estas dos mujeres que tuvieron la oportunidad de estudiar y ejercer su vida profesional, en el barrio Jesús de la Buena Esperanza, en una humilde casa vive Marta Lucía Giraldo Chaura, quien ha tenido desdichas en su vida, que le dieron un vuelco a los sueños que tenía cuando era pequeña. Apenas con 13 años se enamoró de un hombre que le llevaba 23 años de diferencia, y siendo una niña decidió irse a vivir con él. Aunque todo parecía bien, apenas empezaba lo que luego se convertiría en un infierno. Su madre al ver el grave error que había cometido su única hija, cayó en una fuerte depresión que en dos años la llevó a la tumba. Después de eso, la situación se vio cada vez peor “él me pegaba y no me dejaba asomarme a la ventana, quería estar a toda hora encima de mí”.
Con él, tuvo ocho hijos y a pesar de que se fue de este mundo hace 20 años, aún tiene el recuerdo más amargo de quien según ella, le mató todos sus proyectos de vida y le hizo sentir que la vida no tenía ninguna razón para ella. Aunque su peor tormento ya se había ido, años más tarde llegarían desgracias que en un solo año apagaron con mayor fuerza, las pocas esperanzas que le quedaban a esta mujer de 58 años.
Comenzando 1996, la que fue su segunda madre, falleció por culpa de una enfermedad que le afectó durante dos años. Luego en abril, su segunda hija, Liliana María habría sido envenenada, por el que era su esposo, situación inesperada que marco duramente su vida “el veneno la dejó ciega, pero ella estando grave en la clínica, pidió que le dieran lápiz y papel y ahí fue cuando me escribió que ese Hernán le había dado algo raro. A los dos días se murió porque los órganos no le resistieron”. En el mes del padre, con sólo dos meses de nacida, Jennifer, una nieta suya dejó de recibir sangre en su corazón, y como ya era común en ese año, también partió. Para rematar ese año, sólo cinco meses después, tuvo que volver a la funeraria a velar a su papá y cinco años más tarde se despidió de Juan Carlos, su hijo de 27 años y quien según ella era sus manos y sus pies.
Ahora con dos hijos que se fueron de este mundo, no espera nada bueno de la vida “Lo único que quiero es que Diosito se acuerde rapidito de mi a ver si me voy rápido”, expresa esta mujer morena y delgada, con una serenidad que muestra la verdad de lo que dice su voz.
No muy lejos de la casa de esta Marta, allá en seguida de la Biblioteca Cristal de Sábila, en el Pabellón uno está Marta Lucía Giraldo Valbuena. Esta mujer de 51 años, los mismos que lleva en la plaza mercado de la galería, fue criada por sus padres entre hierbas, plantas y animales; herencia que según ella ha sido el mejor legado que ellos le dejaron.
Al contrario de Marta Chaura, esta Marta de la galería ha tenido un matrimonio de 35 años llenos de alegría y tranquilidad “yo vivo feliz con mi vida, porque quién se imagina que vendiendo plantas medicinales podría comprar casa y tener los hijos en la universidad privada”. Ella tiene dos hijos, Angélica María, bióloga de la Universidad de Antioquia, tiene 30 años y Alexander de 20 años, está estudiando Diseño Gráfico en la Autónoma.
Aunque ella sabe la importancia de su negocio familiar, en unos cinco años espera pensionarse. Pero aún no sabe qué va a pasar con sus plantas, pues está consciente de que la idea de abandonar la labor que viene de generaciones es difícil, no sólo para ella y su familia sino por sus clientes que año tras año han visto el progreso que ella ha logrado a través de una gran cantidad de hierbas, que ella conoce qué son y para qué sirven.
Todas esas Martas de uno y otro lugar, viven su vida sin saber que en la misma ciudad hay tantas de las mismas, con nombre completo, apellido y todo. Ellas, igualitas en el nombre, pero sus vidas tan parecidas no son, se imponen en las hojas de ese libro gordo, donde debería haber mucha variedad de nombres.